Lunes, 21 de Mayo de 2012
   
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Condenados a estar juntos, el inicio de nuestra libertad (I)

Orientación laboral

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9.00 a.m. La luz de la mañana se cuela por las cortinas de lino, reflejándose en unas sábanas que sabes que no son las tuyas. Junto a ti, aún duerme esa persona a la que jurarías no haber visto nunca antes. Sin embargo, no te inquietas por buscar una ropa con la que esconderte, porque la sensación que te inunda es la tranquilidad. Ese desconocido está como tú, desnudo e indefenso en una habitación, contigo. Lo que realmente te hace permanecer ahí es precisamente eso, el acompañamiento.

Extrapolando esta sensación al contexto de intervención con personas privadas de libertad, el acompañamiento es aquella metodología que se sustenta en un vínculo de confianza entre dos personas, las cuales se desconocen mutuamente al comenzar el proceso (como es el caso del tutor laboral y la persona beneficiaria en el programa de búsqueda de empleo), pero que con la generosidad de ambas partes se consigue establecer una relación sincera y de valor. No obstante, antes de profundizar en su definición, vamos a acotar los límites del acompañamiento denunciando lo que se aleja de su significado.

Ante todo, debemos preguntarnos ¿queremos cambiar a las personas? Y es que pretensiones de este tipo carecen de un fundamento teórico que respalde nuestra intervención. Cuando alguien intenta cambiar a otra persona tiene el fracaso asegurado, porque por suerte nadie posee ese don tan carente de utilidad. Si un profesional decide cambiar a una persona usuaria, inevitablemente lo que intente será crear a una persona a su imagen y semejanza para integrarla en su mismo grupo, para que sea un igual, atentando contra el principio de la diversidad y el cuidado de la esencia de cada cual. Por ello, el intentar cambiar a las personas no es acompañamiento, en todo caso se trata un crimen contra la humanidad.

Es común que se repliquen estas afirmaciones con un ejemplo extremo: “si una persona roba de forma reiterada, debería modificar esa conducta”. Efectivamente, pero no olvidemos que la conducta es la manifestación externa de la personalidad y, por tanto, sintomático de que algo le sucede. Por lo que si cambiamos esa conducta, el problema sigue existiendo y se manifestará de otro modo. O peor, nunca lo manifestará.

Con esto aterrizamos en otro concepto que se camufla en el acompañamiento llevado a cabo por algunos mal llamados equipos de profesionales. Me refiero a aquello que aprendemos en el mismo lugar en el que lo debemos olvidar si con personas vamos a trabajar: el conductismo basado en estímulo-respuesta del que nos hablan en la universidad. Hay quienes se dan cuenta rápidamente de que no van a cambiar a nadie y entonces deciden actuar únicamente sobre la conducta a través de castigos y premios. Con esto, estaríamos generando una ética de lo más simplista que, como diría Kohlberg, consiste en la etapa primaria de desarrollo moral propia de infantes, lejos de despertar la conciencia crítica en las personas adultas, el cual debería ser nuestro verdadero propósito.

9.30 a.m. Continuáis juntos en el mismo lugar, en el mismo momento. Han sido varios los momentos en los que has estado a punto de recoger tus cosas e irte, pero sabes que te encuentras con la última persona que te haría daño, y la primera en auxiliarte, al menos eso es lo que te dice su mirada. Aún no habéis comenzado ningún diálogo, ni siquiera para conocer vuestros nombres, aunque la carga afectiva de compartir la experiencia os brinda un mutuo conocimiento que jamás habías vivido.



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